Déjenme que responda a esta cansina letanía con un evidente no. Porque nuestro sufrimiento, exactamente igual que a nosotros el suyo, no les importa lo más mínimo. Porque nadie financia a nadie por lástima, sino por el deseo de un beneficio. Y porque resulta patético que nuestro último recurso sea el victimismo argentino.
Nuestro sacrificio, plasmado en una sangría de impuestos de 34.419 millones a una población machacada por el paro, mientras la Administración limita a 27.000 millones su recorte, es nuestro problema. No el del resto. Y lo es porque nuestros gobernantes han convertido en líneas rojas las verdaderas partidas de gasto: el esquema territorial, la invasión política en la economía y el supuesto Estado del Bienestar.
No ha sido Alemania quien ha dotado un fondo de 18.000 millones para las autonomías tras exigir a las regiones un recorte de idéntica cuantía. Ni ha sido Finlandia quien ha decidido mantener la farsa de la sostenibilidad de las pensiones inyectando 6.683 millones procedentes de impuestos para esconder la quiebra del sistema. Ni ha sido el BCE quien ha preferido elevar el pago de intereses en 9.114 millones, antes que amoldar las prestaciones políticas, sanitarias y sociales a la realidad de nuestros recursos.
¿Cómo podemos quejarnos cuando ni un Parlamento ha recortado el número de políticos, cuando no se ha despedido a un funcionario, ni cerrado un aeropuerto, ni una televisión pública, ni el Senado, ni un hospital, ni se han agrupado colegios, ni se han integrado municipios, ni se ha vendido un sólo inmueble público.
No pidamos dinero. Pidamos valor: a nuestros políticos y a nosotros mismos. Valor para construir una sociedad donde el trabajo se premie y la vagancia se castigue. Y si no tenemos valor, al menos dejemos de dar pena llorando en público.



