sábado, 29 de septiembre de 2012

LA GUERRA DE TROYA


Introducción

Hace ya muchos años leí por primera vez “La Iliada” y hará unos veinte la leí por segunda vez. En ambas disfruté mucho y en ambas me quedaba un poco en el vacío, como equilibrista en un cable que atraviesa las cataratas del Niágara, porque me faltaba un armazón en el que situar este maravilloso poema épico, padre de toda la poesía. Todo el poema es como un verso suelto si no tienes un conocimiento un tanto preciso de quiénes son los personajes, porqué empezó todo eso e, incluso, cómo acabó. 

Juan Adán: "Príamo con Aquiles"
La primavera pasada tuve la fortuna de leer unos comentarios de un autor inglés (no podía ser de otra manera) a los versos de “La Iliada” que narran el dolor de Príamo ante la muerte de su hijo Héctor y la tensión y emoción de su diálogo con Aquiles autor de la muerte de aquél.

Pensé que la emoción que me causaba su lectura debía compartirla con alguien, especialmente con mis hijos, pero, pensé, ¿no será un tanto pretencioso por mi parte?. Seguro que no han leído “La Iliada” y voy a pasar por un pedante. Y me callé.

Pero el run-run seguía en mi cabeza y este verano, en Villafranca, pensando en animarles a ellos y la la primada de los veintisiete, me propuse redactar unos pocos folios para situar “La Guerra” en la compleja y extraordinaria historia de los Dioses. Quizá si sabemos cómo empezó la historia más grande y jamás mejor contada nos animemos a leerla. Sería para mí un gran premio y para el lector una gran fuente de gozo.

1.- Boda de Peleo y Tetis

Gaston Bussiére: Las Nereidas

En la Tesalia meridional vivía un pueblo conocido como los mirmidones por ser descendientes de Mirmidón, a su vez descendiente de Zeus, el más grande de todos los dioses. Allí reinaban Éaco y Endeis quienes fueron padres de Peleo.

Peleo, antes de su boda, era ya un reconocido héroe que había conquistado el reino de Ftía y participado con Jasón en el viaje de los Argonautas en busca del vellocino de oro. Pero ¡ay! los viajes son peligrosos y Peleo cayó rendido de pasión ante los encantos de Tetis, una de las cincuenta hijas de Nereo que habitaban el Mediterráneo y deleitaban a quienes tenían la fortuna de verlas y disfrutar de sus canciones y sus danzas.

Tal fue su pasión que tuvo que casarse con ella. Sus padres prepararon la boda que se celebraría en la Cueva de Quirón y, como era costumbre entonces, invitaron a casi toda la nobleza griega y a casi todos los dioses del Olimpo que eran unos cuantos, PERO no habían invitado a Eris, la diosa de la discordia porque, como es natural, era una mujer francamente antipática.

Fréderic Leighton: "El Jardín de las Espérides"
Eris, enterada de los fastos de la boda y de que ella no estaba invitada, monta en cólera y jura terrible venganza. Se fue a las lejanas montañas del Atlas, en los confines del África, donde había un jardín maravilloso cuidado por bellísimas ninfas, el Jardín de las Hespérides, entre cuyos árboles había uno que daba manzanas de oro. Consiguió una y grabó en ella lo siguiente: Para la más hermosa.



Vuelve rauda a Tesalia y, entrando en la cueva de la celebración, se encuentra reunidas a Hera, hermana y esposa de Zeus, Atenea, hija del mismo padre de los dioses pero no de Hera, y Afrodita, nacida de la espuma del mar, paradigma de la belleza y diosa de la lujuria y el deseo carnal. Todas ellas, como es natural, se creen la más bella, exactamente como la madrastra de Blancanieves. Eris, repetimos que diosa de la discordia, arroja la manzana de oro en medio de las tres damas y…

Para qué vamos a contar la que se organiza entre las tres. La disputa llega a tal grado que tiene que intervenir el mismísimo Zeus quien, en absoluto dispuesto a hacer de juez en pleito tan espinoso, decide que sea Paris quien tome la decisión de para quién habría de ser la manzana de oro, o, dicho de otro modo, quién era la más bella de las tres deidades.

2.- Paris y Troya

Mapa de la región de Troya
Troya era una magnífica ciudad que, a la entrada del estrecho de los Dardanelos, controlaba una grandísima parte del comercio del Helesponto, hoy Mar Negro. Hoy todavía se pueden ver las ruinas de las siete ciudades que hubo en el lugar, una encima de otra.


En la época de la que hablamos, siglo X a.C., reinaba allí desde hacía largo tiempo, Príamo, casado a la sazón con su segunda mujer, Hécuba, mujer de armas tomar, de la que tuvo cincuenta hijos (no debían hacer otra cosa). Quedémonos con los nombres de Héctor, Paris y Casandra.

Estando embarazada de Paris, soñó que daría a luz una antorcha que incendiaría la ciudad de Troya. Consultados los oráculos, Príamo decidió hacer morir a su hijo y ordena a su criado Argelao que abandone a la criatura en el monte para que sirva de pasto a las fieras. Apiadado Argelao por el horroroso destino de la criatura, decide criarlo como si fuera su hijo. Crece con el nombre de Paris, guapo y fuerte y bien dotado para las artes de la música.
Enrique Simonet: "El Juicio de Paris"
Y aquí volvemos a nuestra historia. El porqué Zeus decide que sea precisamente Paris juez en la disputa de la manzana de oro no es cosa sabida, pero sí que encarga a su mensajero Hermes lleve a presencia de Paris a las tres deidades. Paris, que no hacía mucho más que tocar la flauta y retozar con las ninfas a su alcance, se debió de quedar verdaderamente impresionado, tanto que ha sido motivo de representación en los mejores pinceles de la historia del arte.


Pero las princesas, además de traviesas, eran tramposas y, cada una en secreta confidencia con el juez (tal que Garzón) le hacen promesas para torcer su voluntad. Hera le promete ser soberano del mundo, Atenea ser invencible en la guerra y, finalmente, Afrodita prometió entregarle a Helena, la más bella mujer del mundo de los hombres (del otro mundo era ella misma, excusado es decir).

El joven, como es natural de tal condición, se inclinó por la tercera tentación y Afrodita, encantada, se erigió de ahí en adelante en su protectora. Las otras dos minusvaloradas diosas, heridas en lo más profundo de su soberbia coquetería juramentaron terrible venganza.



Máscara funeraria de Agamenón
3.- Helena y Clitemnestra y Los Atridas

Se conocen como los atridas a los hijos del rey de la ciudad de Micenas Atreo, de la estirpe de Tántalo, hijo de Zeus, y protagonista de historia tan horrible que fueron él y su descendencia malditos para siempre. No la vamos a contar aquí, pero sí, porque atañe directamente a nuestra historia, que sus hijos, los atridas, se llamaban Agamenón y Menelao.

Micenas: "Puerta de los Leones"


La ciudad de Micenas, a tres días de marcha al suroeste de Atenas, fue muy próspera en su día, al punto de que hoy todavía podemos disfrutar de los restos de la cultura micénica y hacernos fotografiar en la afamadísima Puerta de los Leones.

Por circunstancias ajenas a nuestra historia, Atreo es asesinado, el trono de Micenas usurpado y los atridas expulsados de su tierra. Andando por la que no era suya llegan a Esparta donde son recibidos con la honra que se merecen por el rey Tindáreo y su bellísima esposa Leda actores de una increíble historia que es preciso narrar, más por la historia en sí que por lo que atañe a la nuestra (que también).



Giovanni Rapi: Zeus y Leda
El caso es que a Zeus se le alegraba mucho el ojillo con las mujeres guapas y viendo un día a Leda recién casada y casi adolescente paseando por un río, se le acercó en forma de cisne fingiendo ser perseguido por un águila. La joven Leda le dio permiso para que se posase sobre ella cosa que hizo Zeus al punto. Esa misma noche, Tindáreo requirió a su esposa con gran ardor y gozo y ocurrió que la bellísima Leda quedó encinta de ambos y de ambos por duplicado, de modo que de Zeus tuvo los mellizos Pólux y Helena (nuestra protagonista) y del rey, su marido, a Cástor y Clitemnestra. Los hermanos varones, Cástor y Pólux, correrán muchas historias juntos y serán conocidos por el sobrenombre de los dioscuros.

Van pasando los años y cuando llega la edad de casarse, las hermanas tienen muchos pretendientes, especialmente Helena, atraídos los pretendientes tanto por la fama de su gran belleza como porque ella y su esposo serían los futuros reyes de Esparta. La llegada de los atridas fue providencial y los reyes organizan unas bodas estupendas casando a Agamenón con Clitemnestra y a Menelao con Helena.



4.- Paris en Esparta

La Grecia de entonces era una multitud abigarrada de ciudades, unas en el continente europeo, otras en la Magna Grecia, es decir, península de Anatolia y, en medio, el Egeo con tantas islas como se pueda el lector imaginar. Entre ellos competían, guerreaban, comerciaban, se casaban y, en fin, lo normal en cualquier relación de vecindad. Príamo, rey de Troya tiene que intervenir en alguna negociación política en Esparta y, ya mayor para viajes, decide enviar a su hijo Paris en su lugar.


Anónimo: "Paris y Helena"
A Esparta llega Paris donde fue recibido de acuerdo con las más exquisitas reglas de la hospitalidad por el rey Menelao y su bellísima esposa Helena. Afrodita, que aparte de matar moscas con el rabo, tenía una deuda pendiente con Paris, arregla que Menelao tuviera que ausentarse viajando a Creta para asistir a los funerales de su abuelo.




Paris era fuego y Helena estopa (de Esparta, por cierto) y Afrodita viene y sopla y pasó lo que no tenía que haber pasado: ambos se rinden a la pasión más desatada que los tiempos vieran. No hubo rapto de Helena, sino un mutuo rapto de corazones y voluntades, de modo que ambos deciden darse a la fuga, embarcan y ponen rumbo a Troya llevándose, por cierto, el tesoro de Elena lo que estaba muy feo porque eran las arras entregadas a su marido.

5.- Comienzo de la Guerra

Al volver Menelao de Creta y descubrir la doble traición monta en cólera y recaba ayuda de toda la Grecia. Los jefes respondieron que se hallaban dispuestos a atravesar el mar y reducir a cenizas la poderosa ciudad de Troya. Mil naves se reunieron en Aulide, famosa ciudad portuaria a una veintena de kilómetros al sureste de Tebas y lugar de fuertes vientos y mareas peligrosas.


Pietro Negri: "Sacrificio de Ifigenia
El furioso viento del Norte no amainaba porque la diosa Artemisa estaba cabreada y, según el adivino, la única forma de calmar el viento y asegurar a la flota una feliz travesía hasta Troya era apaciguar a la diosa sacrificándole una doncella de estirpe real, Ifigenia, hija mayor del comandante en jefe Agamenón. Este holocausto, propio de los pueblos semitas, pareció horroroso a todos y para el padre casi insoportable. Una vez más se hacía carne la terrible maldición de los atridas y el atrida Agamenón cedió al fatos familiar. Estaban en juego su prestigio ante todo el ejército aqueo (griego) y su ambición por vencer a Troya y glorificar a Grecia.

Ella murió, el viento del Norte amainó y las naves griegas surcaron el mar sereno. Pero el cuantioso precio pagado acarrearía un día la desgracia a todos.

Grecia en tiempos de la Guerra de Troya

Los mil navíos transportaban una verdadera multitud de guerreros. La armada griega era muy poderosa, pero no parecía serlo menos la ciudad de Troya. Alrededor de 50.000 soldados dirigidos por Agamenón y Menelao, apoyados por 42 Héroes y 5 Dioses Olímpicos frente a 30.000 soldados troyanos luchando protegidos por espesas murallas, 41 Héroes y 6 Dioses Olímpicos.



Y aquí acaba mi historia. La siguiente, la buena, la auténtica, la podréis leer en ese hermosísimo, terrible y emocionante poema conocido en todos los tiempos por “La Iliada” del que os transcribo los primeros e inmortales versos: 


 Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles,
 cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos
 y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes,
 a quienes hizo presa de perros y pasto de aves.















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